Escribo para el o la que me pueda entender, ya que durante muchos años ni yo misma he podido. Me estoy empezando a recuperar de esa herida que llaman sociedad, y que nos exige, nos estruja y nos sacude, hasta que ya no podemos más. A nosotras, a las mujeres.

Hoy me estreno aquí, y lo hago hablando de un tema que me identifica y que prácticamente ya me define, mi lucha interna, y con el mundo entero, con el sistema. Mi personal pugna con la medicina convencional, y mi intento actual de solucionar mi “problema” a través de otras vías y medidas no normativas, esas que cuelgan la etiqueta de “alternativas”.

La última vez que acudí a mi ginecólogo (mi ginecólogo por la Seguridad Social) me fui por la puerta sabiendo que no volvería más, por lo menos en mucho tiempo. Volví a llamarlo con la (poca) esperanza de que me dijera que sí, que tenía endometriosis, ovarios poliquísticos, o alguna de esas movidas que ahora sí que algunos valientes se atreven a diagnosticar. A pesar de que yo sabía que no tenía ninguna de esas cosas.

Pero no, su respuesta fue la de siempre: “Ibuprofeno u hormonas”. Ibuprofeno.

En ese momento le dije que estaba hablando con una persona que se había desmayado varias veces (por lo menos unas cuatro veces a lo largo de mi vida) a causa del dolor menstrual. Que no hace mucho en el trabajo mis compañeros habían tenido que llamar a una ambulancia porque yo me estaba retorciendo de dolor. Pero él me seguía recetando ibuprofeno.

Os podría explicar el porqué me niego a seguir un tratamiento basado en anticonceptivos y también os podría relatar la cara que me puso cuando le dije, con determinación, que yo no me iba a hormonar. “¿De verdad que no existen otras soluciones para un dolor tan fuerte que te impide incluso hacer vida normal?” Obviamente yo sabía que no. Han pasado 30 años desde que a mi madre le dijeran lo mismo en una consulta ginecológica, y las soluciones siguen siendo las mismas.

Os podríais reír conmigo (igual que aún lo sigo haciendo con mi madre) del día en el que mi anterior ginecóloga me dijo que yo no había engordado, ni me encontraba mal, ni tenía nauseas y mareos por culpa de las pastillas anticonceptivas, sino porque comía demasiadas galletas para merendar. Literal.

Es mi frustración personal. Es la forma que tiene el mundo de recordarme (como mínimo una vez al mes) que sigo viviendo en un sistema machista, en el que los problemas “de mujeres” siempre representarán una categoría a parte que no merece ni un mínimo de atención.

Cuando mi abuela era joven se tenía que tumbar en el almacén de la tienda en la que trabajaba porque no podía ni mantenerse en pie a causa del dolor. Mi madre pasó por lo mismo. A estas alturas yo puedo decir que, basándome en lo que ellas me cuentan, hemos avanzado muy poquito.

Ya sé lo que estaréis pensando, que es algo puramente genético y que, en el fondo, no debe ser para tanto. Que las mujeres tendemos a victimizarnos. Que la regla (incluso muchas feministas ahora mismo también lo estaréis pensando) no debería impedirte para hacer nada. Es la filosofía adquirida a través de los anuncios de Evax, que te muestran a mujeres bailando y haciendo el pino durante su menstruación. Ellas no necesitan ibuprofeno, ni anticonceptivos. Con una compresa de color rosa y que huele a flores (pero que contamina lo mismo que las demás) ya pueden ir al trabajo dando volteretas. Tan real como la vida misma.

No es sólo que este tipo de pensamientos y de publicidad me parezcan absurdos es que, además, me resultan profundamente machistas.

Por supuesto que cuando las mujeres tenemos la regla no tenemos ganas de movernos de la cama. Por supuesto que deberíamos poder tener el derecho a no hacerlo. Por supuesto que nos levantamos, y nos vestimos, y nos vamos a trabajar. ¿Es que acaso tenemos otra opción? (Puntualización: Además de todo esto, generalmente cobramos menos a final de mes).

Os voy a contar un secreto (sirva para todas las mujeres que me estén leyendo): Cuando las mujeres menstruamos pasamos por un momento de introspección, de reciclaje, de hacer balance. Nos sentimos diferente, no mal, (y no solo físicamente, sino también emocionalmente) y la sociedad nos sigue exigiendo que nos levantemos cada día y que rindamos lo mismo que todos los días de nuestras vidas. Ahí es cuando empezamos a sentirnos frustradas, irritables y furiosas con nosotras mismas (porque sí, encima tendemos a culparnos a nosotras).

Las chicas de Lemon’s Secrets hablan de las diferentes fases por las que, inevitable y naturalmente, pasamos todas las mujeres a lo largo de nuestro ciclo. En su post Crónica del ciclo femenino desde el punto de vista emocional, realizan un paralelismo entre las diferentes fases del ciclo femenino y las estaciones del año. Os dejo aquí su introducción y asimismo os animo a visitar su blog:

“Una manera de explicar el Ciclo Menstrual es desde la visión más emocional comparándolo con las 4 estaciones. La primavera y el verano son estaciones que nos abren hacia el mundo exterior, cuando estamos pre-ovulando y ovulando nos sentimos espléndidas y con ganas de hacerlo todo. A la llegada de las épocas más frías, el otoño y el invierno, es cuando nos hacen recoger hacia nosotras mismas y pausar nuestro ritmo de vida, como pasa con la pre-menstruación y la menstruación. Y así nos damos cuenta que el verano no es eterno y que debemos aprender a bailar bajo la lluvia.”

Asimismo yo añado que durante el sangrado, no es que estemos más irritables, ni insoportables, ni histéricas (por cierto que la palabra Histérica proviene del griego ὑστέρα, que significa útero). Sino que simplemente necesitamos un momento de pausa, de descanso tanto emocional como físico. Nuestros cambios de humor no se deben a que estemos locas, no. Sencillamente somos cíclicas.

Pero siempre se nos ha dicho, desde todas las esferas de nuestra vida: Nuestras madres, amigas, jefes y jefas, señoros y demás, que no, que no tenemos que victimizarnos, que la regla no es una enfermedad, y que deberíamos poder hacer vida normal.

La regla no es una enfermedad, pero en mi caso sí se ha convertido en eso. Y he descubierto, después de muchos años de batalla, que todo ha sido por mi propia incapacidad de conectarme conmigo misma. Por intentar responder siempre a las exigencias ajenas, y no a lo que mi cuerpo me estaba intentando decir.

La pedagoga menstrual Erika Irustra habla sobre el concepto (técnico) de dismenorrea y, sobre ésta, afirma: “Clínicamente la función menstrual dolorosa tiene su nombre propio. Pero en el imaginario colectivo la menstruación por sí misma está ligada al dolor. De hecho, que tenga nombre propio de poco sirve pues el dolor se trata como condición natural de la función menstrual. Eso sí, que se nombre significa que, de base, se contempla que la menstruación no tiene per se la cualidad de dolorosa. Así que si sabemos que no ha de doler ¿por qué narices no investigamos las causas que provocan esos dolores? La dismenorrea no es la nueva cualidad de menstruar. La dismenorrea es la consecuencia de algo que está sucediendo a través de nuestro cuerpo y digo a través porque, en nuestro cuerpo, el entorno y cómo habitamos este dejan huella.”

¿Es, por lo tanto, la dismenorrea una cualidad inevitablemente ligada a nuestra condición de mujeres menstruantes? ¿No? En el caso de que no lo sea, ¿Por qué en algunas mujeres se manifiesta con tanta intensidad y en otras no? ¿Por qué no se investigan los motivos? ¿Por qué, en pleno siglo XXI, cuando ya se han hecho avances estratosféricos en lo que a la medicina convencional respecta, yo aún tengo tantas preguntas sin responder en relación a mi ciclo menstrual?

Según Erika, la explicación es sencilla: “Los dolores menstruales no vienen en el pack del cuerpo menstruante. Los dolores menstruales vienen en el pack de ser mujer y/o menstruante en esta sociedad. Porque créeme no hay ninguna función de nuestro cuerpo que sea imprescindible para su salud (como lo es el ciclo menstrual en la etapa vital que le corresponde) que curse con dolor por gracia divina. No en su cuerpo. No en nuestro cuerpo. Si en el cuerpo no menstruante alguna de sus funciones vitales cursara con dolor, sería investigado desde la primera consulta médica. En cambio, a nosotras, a las que sangramos, pero no morimos, nos aplican el 3:16. Y este uso de la Biblia por parte de los profesionales de la salud nos está costando la (calidad de) vida.”

Resumiendo: Problemas de mujeres.

Irustra cita a Chrisler y Johnston para hablar sobre el síndrome premenstrual y de esta forma afirma que “éste ha sido teorizado como un ‘síndrome cultural’, es decir experimentado en una sociedades pero no otras, poco conocidos en países no occidentales (como China, India o Hong Kong), donde se acepta el cambio y la menstruación como eventos naturales y positivos. Lo cual no quiere decir que sean imaginarios, sino que en dichos países las mujeres pueden experimentar cambios antes de la menstruación o después del parto, pero sus emociones no son interpretadas como patológicas o necesitadas de intervención profesional.”

Esto conecta con lo que “se espera de nosotras” y el cómo esto se puede volver en nuestra contra muchísimas veces. Es decir, si la sociedad espera de mí que yo rinda lo mismo cuando estoy en pleno síndrome premenstrual pero yo soy incapaz, voy a empezar a estar más irritable, furiosa y, por tanto, con muchas menos capacidades para responder a lo que se me exige.

Podremos decir que “no nos victimizamos” en el momento en el que seamos libres de decidir, en todos los aspectos de nuestras vidas, pero también en el hecho de ser mucho menos productivas (por lo menos bajo el criterio del capitalismo) en ciertas etapas de nuestro ciclo.

Durante muchos años me he encontrado justificándome constantemente por algo que ni siquiera yo misma podía controlar. Viendo como mis jefes, compañeros y compañeras de trabajo me miraban como si estuviera loca cuando les decía que tenía que irme a mi casa antes de tiempo, y que era por la regla.

He pasado por muchas fases, desde creer que tenía algún tipo de enfermedad hasta a cambiar mi alimentación y estilo de vida (que es lo que estoy haciendo ahora) pero durante todo este proceso me he sentido siempre profundamente incomprendida.

Es por esto que quiero que éste sea un primer paso a dar pie a que otras personas empiecen a ver nuestro ciclo hormonal (algo que, afortunadamente, es inherente a nosotras) como algo, no solo necesario de comprender y aceptar, sino como algo positivo y que puede incluso contribuir a una mejor productividad por nuestra parte y, por consiguiente, a nuestra mejor y más bella contribución a la sociedad.

Miranda Gray escribe en su libro, La Luna Roja: “En la sociedad moderna, el ciclo menstrual se experiementa como un fenómeo pasivo del que solo se admite su ‘aparición’, ya que todo el proceso restante se ignora o bien se oculta. Así, se nos enseña que debemos enfrentar nuestra angustia y nuestras necesidades sin llamar la atención, puesto que todo ello forma parte de lo que significa ‘ser mujer’. Este es el motivo por el que nosotras solemos esconder nuestras dificultades: nos impulsa el miedo a que los demás nos consideren débiles o piensen que hacemos una montaña de un grano de arena. Y es precisamente esta falta de comunicación y de reconocimiento social lo que perpetúa el aislamiento del ciclo menstrual como un acontecimiento oculto y furtivo (…) en realidad se trata de un suceso dinámico que, una vez liberado de los condicionamientos y restricciones sociales, puede afectar activamente el crecimiento físico, emocional, intelectual y espiritual de la mujer, así como el de la sociedad y el medio en el que ella se desenvuelve.”

Resumiendo, ¿somos débiles? ¿O simplemente cíclicas? Y yo me pregunto sobretodo ¿hasta qué punto somos nosotras mismas? ¿Estamos verdaderamente respondiendo a nuestras propias necesidades, como seres humanos, como personas y como mujeres? ¿Estamos realmente conectadas con nuestro ser y con nuestras verdaderas necesidades? ¿O estamos respondiendo a lo que la sociedad espera de nosotras? Por el momento yo sólo he recibido una respuesta a todas mis preguntas, determinada, pero profundamente insatisfactoria: Ibuprofeno u hormonas.